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Guía de Zaragoza
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De nuestras raíces - Segunda Parte -

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Modelo de la ciudad romana Sumergiéndonos en una de las más importantes y antiguas culturas que se asentaron en Zaragoza, de esto hace ya más de 2100 años, debemos considerar sin lugar a dudas la época romana.

Supongo que fue entonces cuando se marcó un antes y un después, tanto en la historia de la ciudad, como en la historia de la propia Península Ibérica.
Y digo un antes y un después, porque España no siempre ha recibido este nombre. Fueron los romanos quienes bautizaron la Península con el nombre de Hispania; y este nombre con el tiempo fue transformado hasta llegar al actual España; aunque, desde luego que el nombre original de Hispania nunca ha llegado a perderse del todo; de ahí que sigamos llamando a los países Sudamericanos Hispano parlantes, o Hispanos; calificativo este último que utilizan los norteamericanos para referirse a gentes que proceden de dichos países.

El mismo razonamiento existe para nuestra ciudad. No siempre se llamó Zaragoza. Los romanos la bautizaron con el nombre de Caesaragusta en honor a su fundador César Augusto; posteriormente, cuando los romanos la abandonaron, en el transcurso del tiempo su nombre fue transformándose varias veces hasta quedar en el actual.

Sin embargo, el nombre dado por Roma, Caesaragusta, no fue el primero. No, porque cuando llegaron, la ciudad se llamaba Salduie; tal y como veremos en capítulos sucesivos.

Y con este anterior nombre, Salduie, se tambalea la afirmación de que Roma constituyese aquí la primera ciudad conocida; ya que ningún asentamiento nómada poseía un nombre fijo determinado. Sólo a los asentamientos que tenían intenciones de permanecer estables y fijos, se les aplicaba un nombre; en consecuencia Salduie no puede ser considerado como asentamiento nómada.

Valle Medio del Ebro

El valle medio del Ebro estaba ocupado por Íberos y Celtíberos. Entre ellos se disputaban las tierras mediante duras batallas y guerras, de esto hace ya muchos años (hacia el 600 a. de C.)

Los arqueólogos han llegado a encontrar, tras sendas excavaciones en el terreno, y en las capas más profundas, lo que se cree son (o fueron) los fondos de unas cabañas que, formaron lo que podría llamarse un primer poblado permanente construido al abrigo del rincón que forma la confluencia del río Huerva con el Ebro.

Todo indica que Zaragoza era entonces una sucesión de tribus que se asentaban una tras otra, por lo general eran nómadas (Tribus viajeras) siendo los Celtas los últimos en llegar y, parece ser que éstos vinieron con intenciones de quedarse de forma definitiva.
Tanto Fenicios como Griegos aportaron su presencia, pero no con intenciones de ocupar territorio, sino como presencia comercial a partir de sus enclaves costeros, lo que se llamaban Colonias.

Por lo tanto estas tribus; que, como se ha dicho, normalmente se comportaban de forma nómada, no pueden ser tratadas como culturas que asentaran ciudades. De hecho, estas tribus casi siempre estaban en guerra. Unas veces, las más, eran derrotadas y expulsadas de sus enclaves.
Estaban muy lejos de alcanzar la evolucionada cultura de los países mediterráneos, que, dependiendo del grado de proximidad a los pueblos ibéricos, eran Célticos o Celtibéricos. Y estos pueblos eran los que estaban perseguidos por los romanos allá donde les encontraban. Tal vez sea este el principal motivo por el que los romanos colonizaran la Península, más que por el hecho de desear extender el Imperio de Roma

Las guerras y revueltas eran tan frecuentes como sangrientas. El Imperio de Roma estaba empeñado en conquistar todo el suelo que alcanzaba. Donde un romano ponía los pies, tarde o temprano ese suelo pertenecería a Roma.

Pero la toma de la Hispania era difícil. Y les llevó muchos años y muchas guerras hasta poseerla. Sus esfuerzos los centraron en tomar los puntos estratégicos y dotarlos de poder y fuerza suficiente para mantenerlos, lo que les llevó a la necesidad de reclutar tropa entre los hombres que colonizaban el terreno antes de su llegada, entre los que se contaban los llamados Ilergetes y Sedetanos. Estos últimos, en contra de los deseos de Roma, fueron atacados por los Ilerguetes -cuyos jefes eran los famosos Indíbil y Mandonio-

Estos ataques provocaron la respuesta de las Legiones Romanas que derrotaron y mataron a los jefes ilergetes. Los sedetanos, tras la derrota de los ilergetes, rompieron su alianza con los romanos, que ya mostraban una verdadera intención de conquistar y explotar las tierras a las que en un principio habían llegado sólo con la intención de atacar las bases cartaginesas de Aníbal que era su más terrible enemigo.

El resto de tribus, no quería someterse al poder de Roma, y también llevaron a cabo frecuentes levantamientos contra sus tropas. Lo que obligó a Roma a enviar no ya a un gobernador, sino a uno de los dos cónsules, que eran la máxima autoridad de Roma.
Fue Marco Porcio Catón el designado para sofocar las revueltas ibéricas.

Ya a finales del siglo I a. de C., llegaban al valle del Ebro los temibles Cimbrios, los cuales habían abandonado sus tierras en el Elba, y a su paso, derrotaban a cuantos ejércitos encontraban (incluidos bárbaros y romanos).
Sin embargo, al llegar al Jalón se toparon con los celtíberos. Los pocos cimbrios que quedaron, optaron por abandonar la Península a toda prisa.

Los ejércitos romanos, que, eran todos cuerpos de infantería, se nutrían con soldados peninsulares; los cuales dominaban el combate a caballo. Táctica desconocida y no practicada por Roma, lo que en cierta medida les podría situar en desventaja táctica, aunque no numérica. Por lo tanto optaron por conseguir su alianza antes que entrar en guerra con ellos.

Probablemente esto motivó el que Roma no llegase a fortalecer mucho la ciudad ante el temor de no poder hacerse con ella, por culpa de sendas derrotas. El poder de Roma se extendía por otros muchos suelos de Europa y la diseminación de sus tropas era más beneficiosa conservando los territorios ocupados que tratar de quedarse con una pequeña porción de tierra, a pesar de la gran importancia estratégica y comercial que tenía.

Pero las alianzas conseguidas estaban muy lejos de romperse, y esto tranquilizaba a Roma que no vio necesario el refuerzo de tropas en el valle del Ebro. Y así permanecieron mucho tiempo.
Caesaragusta quedó convertida en un territorio para premiar a sus legiones romanas, con tierra, casas, y todos los derechos que la ciudadanía romana les otorgaba. Caesaragusta era una ciudad próspera y rica.

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