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Siempre he dicho, y seguiré afirmando que me siento orgulloso y afortunado de haber nacido en esta maravillosa ciudad, que es Zaragoza. De haber nacido aquí, y continuar viviendo en esta Inmortal Ciudad.

Afortunado porque, entre otras muchas razones, en Zaragoza tenemos ni más ni menos que Dos Patrones: La Santísima Virgen del Pilar, y San Valero.

Dos imágenes del Santo podemos admirar en la Plaza del Pilar. Una a un lado de la puerta del Ayuntamiento (en el otro está la escultura que representa al "Ángel Custodio"). La otra, forma parte de la ornamentación de la Basílica del Pilar, sobre el borde del tejado de la fachada que da a la Plaza.

La festividad de San Valero se celebra el día 29 de Enero, y sólo en la ciudad.

Es tradicional en esta Fiesta repartir un pedazo de roscón y un vaso de chocolate en la Plaza del Pilar.

En la elaboración del roscón participan numerosos reposteros de Zaragoza, quienes, luego gustan de repartir sus trozos entre los ciudadanos que se acercan por él.

San Valero
Imagen de San Valero en la fachada de la Basílica del Pilar
Fachada del Ayuntamiento
Entrada al Ayuntamiento. A la izquierda, el Ángel Custodio. A la derecha, San Valero.

San Valero   San Valero   San Valero
Pincha en las imágenes para verlas ampliadas en otra ventana.

Estamos hablando de un roscón de dimensiones descomunales, digno merecedor sin duda alguna de figurar en el Libro de los Récords. Aunque, esta no es la meta perseguida en este día. Se vienen a repartir en torno a diez mil raciones. El roscón prácticamente ocupa toda la Plaza, en la parte que corresponde a la fachada del Ayuntamiento.

La festividad suele recibir dos sobrenombres: San Valero el Rosconero, por el generoso reparto de roscón, y San Valero el Ventolero, haciendo referencia a que, por regla general, en estas fechas el "Cierzo" sopla con fuerza y ganas. La fortuna hizo que el San Valero de 2.008, (fotos superiores) apareciese un día maravilloso; soleado y, el Cierzo, (cosa rara) en calma. Lo que permitió disfrutar de una jornada extraordinaria.

Breve biografía de San Valero

Nacido en Zaragoza alcanzó el cargo de Obispo en el año 290. Toda su vida estuvo dedicada a la oración y expansión de la Fe Cristiana y el Evangelio.

Tenía una enfermedad que le atrofiaba la lengua, y, en consecuencia su habla tenía muchas dificultades. Tantas que se vió imposibilitado para continuar su labor predicadora. Por este motivo le pusieron el mote de "el tartamudo".

Se vió en la necesidad de encontrar ayuda. Tuvo suerte y la encontró en San Vicente Mártir, en Huesca. Se convirtió en su más eficaz ayudante y le acompañaba en todo momento y lugar para, en nombre de San Valero, predicar sus palabras.

Llegó un momento en que San Vicente entendía casi a la perfección a San Valero, con lo cual también se había convertido en su intérprete.

Corrían los comienzos del Siglo IV. Roma había emprendido una guerra sin cuartel contra el Cristianismo. Todo lo que ésto representaba se convertía en amenaza para el poder de Roma.

Optaron por deshacerse de este peligro y endurecieron la persecución a los Cristianos llegando a ser cruel y despiadada. De esta persecución se encargaron Maximino y Diocleciano que, directamente atacaban todo cuanto formase parte de la Iglesia; en especial a sus Obispos y otros altos cargos eclesiásticos.

En una de las incursiones, San Valero y San Vicente fueron hechos prisioneros, y condenados al exilio; aunque tal exilio fue el llevarlos a Valencia donde serían juzgados ejemplarmente. Durante el juicio, San Valero no era capaz de ser entendido por el Tribunal, dada su tartamudez que había empeorado.

En consecuencia, San Vicente quiso hacer de intérprete y habló por el mismo y por San Valero. El Tribunal no tardó en pronunciarse condenando de inmediato a San Vicente al martirio.
A San Valero se conformaron con desterrarlo de Zaragoza y fue enviado a Enate; un pueblo cercano a Barbastro (Huesca).

El resto de su vida la entregó por entero a la oración, especialmente cuando supo la suerte que había corrido San Vicente. Falleció en el año 315.

Los restos de San Valero, convertidos en reliquias, según la tradición y costumbres de entonces, fueron muy veneradas y trasladadas en varias ocasiones para protegerlas de los árabes que ya habían comenzado la invasión de la Península. Un traslado llevó sus restos al Castillo de Estrada. Finalmente fueron llevaron a Roda de Isábena que era Cabeza Eclesial de Aragón.


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