Nacido en Zaragoza alcanzó el cargo de Obispo en el año 290. Toda su vida estuvo dedicada a la oración y expansión de la Fe Cristiana y el Evangelio.
Tenía una enfermedad que le atrofiaba la lengua, y, en consecuencia su habla tenía muchas dificultades. Tantas que se vió imposibilitado para continuar su labor predicadora. Por este motivo le pusieron el mote de "el tartamudo".
Se vió en la necesidad de encontrar ayuda. Tuvo suerte y la encontró en San Vicente Mártir, en Huesca. Se convirtió en su más eficaz ayudante y le acompañaba en todo momento y lugar para, en nombre de San Valero, predicar sus palabras.
Llegó un momento en que San Vicente entendía casi a la perfección a San Valero, con lo cual también se había convertido en su intérprete.
Corrían los comienzos del Siglo IV. Roma había emprendido una guerra sin cuartel contra el Cristianismo. Todo lo que ésto representaba se convertía en amenaza para el poder de Roma.
Optaron por deshacerse de este peligro y endurecieron la persecución a los Cristianos llegando a ser cruel y despiadada.
De esta persecución se encargaron Maximino y Diocleciano que, directamente atacaban todo cuanto formase parte de la Iglesia; en especial a sus Obispos y otros altos cargos eclesiásticos.
En una de las incursiones, San Valero y San Vicente fueron hechos prisioneros, y condenados al exilio; aunque tal exilio fue el llevarlos a Valencia donde serían juzgados ejemplarmente. Durante el juicio, San Valero no era capaz de ser entendido por el Tribunal, dada su tartamudez que había empeorado.
En consecuencia, San Vicente quiso hacer de intérprete y habló por él mismo y por San Valero. El Tribunal no tardó en pronunciarse condenando de inmediato a San Vicente al martirio.
A San Valero se conformaron con desterrarlo de Zaragoza y fue enviado a Enate; un pueblo cercano a Barbastro (Huesca).
El resto de su vida la entregó por entero a la oración, especialmente cuando supo la suerte que había corrido San Vicente. Falleció en el año 315.
Los restos de San Valero, convertidos en reliquias, según la tradición y costumbres de entonces, fueron muy veneradas y trasladadas en varias ocasiones para protegerlas de los árabes que ya habían comenzado la invasión de la Península.
Un traslado llevó sus restos al Castillo de Estrada. Finalmente fueron llevaron a Roda de Isábena que era Cabeza Eclesial de Aragón.